Las teselas olvidadas de Renau

Josep Renau nació en Valencia en 1907 y murió en Berlín en 1982. Su extensa obra, que se reparte ampliamente en el espacio y en el tiempo, es un auténtico tratado sobre el arte como herramienta para la transformación social. A quien no le suene el nombre, muy probablemente reconocerá haber visto alguno de sus trabajos. Por lo menos alguno de los de su etapa como cartelista durante la Guerra Civil Española, trabajando para la victoria republicana. Cuando definitivamente esta victoria no se consumó, Renau se exilió en México, donde criticó el capitalismo y el imperialismo estadounidense a través de sus montajes fotográficos. En 1958 se trasladó a la República Democrática Alemana, donde realizó espectaculares murales para fachadas de edificios públicos. Y estos son sólo tres pequeñas pinceladas de su vida y de su obra.

Son precisamente estos murales los que han saltado ahora a las páginas de la prensa valenciana. Uno de ellos, concretamente un mural que se instaló en la fachada de un centro cultural de la ciudad de Erfurt corre peligro de desaparecer. Hace dos años, el diario Levante-EMV ya avisaba (PDF) del mal estado de conservación del mural, titulado La naturaleza, el hombre y la cultura. Ayer, El País publicaba en su edición de la Comunidad Valenciana que tras su compra, el edificio (actualmente en desuso) va a ser derribado. Y el futuro del mural es incierto. La diputada de Esquerra Unida en las Corts, Mireia Mollà, ya ha pedido a la Conselleria de Cultura y al Ministerio homólogo que actúen para evitar que el mural se pierda. Y parece que las autoridades valencianas por lo menos se han interesado por el tema.

Entre 2007 y 2008, una exposición/exposició retrospectiva organizada por la Universitat de València recorrió España mostrando la obra de Renau. Cómo no, en ella se hablaba del trabajo de Renau como director general de Bellas Artes del Gobierno de la República. Renau fue el responsable de la evacuación de las obras de arte del Museo del Prado a Valencia y de la organización del pabellón de España en la Exposición Universal de París en 1937, para la que, entre otras cosas, le pidió a Picasso que colaborara con alguna obra. Y Picasso pintó el Guernica.

No estaría mal que nos acordáramos de Renau y evitemos la desaparición de sus obras. No sólo por su calidad, por su necesidad de existir, sino también por “agradecerle” el trabajo que realizó en España para salvar la cultura y derrotar al fascismo.

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